
Las fortalezas ético-morales
R. Esteban Montilla, Ph.D.
A través de la historia, el ser humano ha reconocido la importancia de establecer lineamientos que le permitan guiar sus acciones con el fin de asegurarse un mejor vivir. Estas expectativas de conducta, por supuesto, han cambiado con la evolución del pensamiento humano en conexión con las realidades contextuales de cada momento histórico cultural. Sin embargo, consistentemente, las sociedades han llamado la atención hacia ideales de convivencia donde cada persona, grupo y comunidad pueda experimentar un vivir digno y pleno. Y, si bien es cierto, que la manera como se han abordados estos ideales coexistenciales han variado marcadamente a través de las edades, también es verdad que siempre han estado presentes. Dependiendo del momento histórico, lugar geográfico y contexto socio-cultural a estos ideales de convivencia se las ha llamado virtudes o fortalezas.
En este contexto, al hablar de virtudes o fortalezas nos estamos refiriendo a ciertas características y modos de vida que ejemplifican la excelencia existencial. Este buen vivir es fácil notarlo en personas o comunidades que han adoptados fortalezas ético-morales tales como el respeto, la responsabilidad, la honestidad, la lealtad y la beneficencia. Éstas, son fortalezas que se desarrollan y se afianzan mediante el ejercicio disciplinado y con la incorporación de estas en las decisiones de día a día. “La persona que es honrada en lo poco, también lo será en lo mucho; y la que no es íntegra en lo poco, tampoco lo será en lo mucho” (Lucas 16:10). La mayoría de los seres humanos tienen las condiciones biológicas, psicológicas y espirituales para vivir a la altura de estas aspiraciones éticas, pero, se requiere de la práctica sistemática para poder lograrlo. Vivir que implica estar en la disposición de aprender a desarrollar las fortalezas a través del curso de la vida. El aprendizaje y desarrollo puede comenzar con la necesidad de conocer de qué se tratan estas fortalezas.
La fortaleza del respeto implica la capacidad para reconocer el valor intrínseco que cada ser humano tiene para vivir en libertad y para elegir el destino de su vida. Significa esto que la persona, en el proceso de tomar decisiones, puede tomar en cuenta las sugerencias de su grupo y sociedad, pero, en definitiva es la propia persona quien tiene el derecho a elegir lo que considere mejor para su buena convivencia y existencia. Para mostrar este tipo de respeto hacia los demás se requiera que exista un respeto hacia sí mismo. Es decir, en la medida que una persona crea en su propia libertad y en las capacidades que tiene para tomar decisiones sabias, podrá, en consecuencia, confiar en la autonomía de las demás personas y el derecho a ser respetados. Una persona que se autorespeta decide y actúa sólo después de un análisis socio-reflexivo, por lo que, siempre estará en concordancias con sus valores, creencias y convicciones; resistiendo así cualquier viso de coerción por parte de otra persona o institución. Ahora, dentro de este contexto, la libertad del ser humano no puede usarse como excusa para perpetrar los derechos de las demás personas. “Actuar como personas libres implica el no valerse de su libertad para disimular la maldad, sino que viven como hijos e hijas de Dios dándole a todos el debido respeto” (1 Corintios 2:16-17).
La fortaleza de la responsabilidad está muy conectada con la del respeto y hace referencia a la idea que como seres sociales e interdependientes respondemos o damos cuenta de nuestros comportamientos y conductas a los demás. Este responder tiene que ver también con aceptar y honrar las consecuencias de las decisiones que tomamos haciendo uso de nuestra autonomía o libertad de elección. Una persona responsable es aquella que se niega a culpar a los demás por las decisiones que le son propias. Es decir, que no sigue el ejemplo de Adán quien al responderle a Dios le dice “La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí” (Génesis 3:12). Se es responsable además cuando decidimos ser puntuales, cumplimos con nuestros compromisos, administramos con seriedad los bienes que se nos han confiado y asumimos nuestro deber social al considerar el bienestar de los demás y de nuestra comunidad. La responsabilidad individual ha de estar siempre enmarcada dentro de la responsabilidad colectiva. Las personas han de responder por sus acciones a la comunidad y sociedad en las cuales existen y se mueven, pero, al mismo tiempo, estas comunidades han de dar cuenta a las personas a quienes sirven. El dar cuenta a los demás protege tanto a las personas como a las instituciones de plagas sociales tales como la corrupción y la explotación.
El tomar responsabilidad por nuestra realidad existencial no implica que ignoremos que hay estructuras sociales y sistemas de poderes que, sistemáticamente, tratan de hacernos partícipes de prácticas cuestionables que no coinciden con nuestros valores y que, además, atentan contra nuestra integridad. Más bien el tomar responsabilidad implica que hacemos lo posible para no culpar a los demás por los resultados de las decisiones que hayamos tomado haciendo uso pleno de nuestra libertad. El Profeta Ezequiel hace referencia a un proverbio que la gente de su tiempo repetía “Los padres comen las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera". En este texto de manera enfática Dios prohíbe que se vuelva a repetir este dicho, principalmente, porque cada persona ha de ser responsable por sus propios actos. “Ningún hijo cargará con la culpa de su padre, ni ningún padre con la del hijo” (Ezequiel 18:1,20). El Apóstol Pablo refiriéndose a la responsabilidad social de la comunidad de fe anima a sus seguidores a que “cada uno cargue con su propia responsabilidad” (Gálatas 6:5).
La fortaleza de la responsabilidad se traduce en una vida comprometida con la excelencia desde donde fluye una paz contagiosa que irradia todas las dimensiones de una persona y se extiende a su vida comunitaria. Esta fortaleza tiene una trayectoria que ocupa el pasado, el presente y el futuro. En este sentido actuar de manera responsable es prepararse para el futuro para un mejor mañana. Esto implica hacer planes para los días venideros. Jesús de Nazaret contó una parábola para enseñarles a sus discípulos y discípulas acerca de la importancia de vivir de manera responsable, tanto en el presente como en el futuro. "En el reino de Dios pasará lo mismo que sucedió una noche en una boda. Diez muchachas tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran descuidadas, y las otras cinco, responsables. Las cinco descuidadas no llevaron aceite suficiente, pero las cinco responsables llevaron aceite para llenar sus lámparas de nuevo” (Mateo 25:1-13). El final de la metáfora concluye que solo las cinco jóvenes responsables pudieron compartir con el novio porque ellas hicieron provisión para el futuro.
El pensar, sentir y actuar de manera responsable también implica el ser personas sabias al seleccionar a quienes puedan asumir posiciones de liderazgo dentro de la comunidad. Al elegir a una persona que carezca de las competencias necesarias para triunfar en esa posición necesitamos estar conscientes que compartimos la responsabilidad de sus desaciertos. “Antes de nombrar a alguien como líder, piénsalo bien. Porque si esa persona hace algo malo, tú serás también responsable de lo que haga” (1 Timoteo 5:22). Este sentido de responsabilidad se acentúa aun más por el hecho de que no sólo respondemos antes otros seres humanos, sino que, también rendimos cuenta ante nuestro Creador. “Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él, pues Dios puede verlo todo con claridad, y ante él seremos responsables de todo lo que hemos hecho” (Hebreos 4:13).
Al igual que las demás fortalezas la responsabilidad es una habilidad que puede desarrollarse y pulirse a través de la práctica y del ejercicio disciplinado. Como personas comprometidas con un vivir y convivir ético decidimos pensar, sentir y actuar con un gran sentido de responsabilidad por nuestra existencia pasada, presente y futura. Este vivir es cónsono con la necesidad de ser transparentes en cada una de las dimensiones humanas.
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